9 de julio de 2009
16 de mayo de 2009
15 de abril de 2009
La verdadera historia de Lino Pasquel
El hijo de la cocinera presidencial
.jpg)
Sirenas. Hombres de rojo y una veterana quinta. En su interior un viejo que lo perdía todo. El día ocho del último setiembre, Lino Pasquel Pérez se salvó de milagro en el incendio que devoró su pequeña casa en el distrito no reconocido de Barrios Altos.
A más de medio año del siniestro aun se puede sentir el olor del hollín en las paredes color tragedia de la vivienda de Pasquel. Todo tiene ese mismo matiz. Incluso él, que sabe bien el arte de ser moreno de profesión.
Las maderas consumidas de un catre, que venía con casa y todo como herencia de un tío marino, aun humeantes, decoraban lo que alguna vez fue dormitorio, sala, cocina, comedor y baño a la vez. A los tres días del siniestro, sus ásperas manos impulsaban una pala que iba y venía cargada con recuerdos amarillo cenizo. El hijo de la vecina buena, la de la derecha, ayudaba en la labor desapareciendo la pesada carretilla y apareciéndola de nuevo, vacía.
Sus manuales de relojero suizo, en suizo, sus guías telefónicas de cuatro números y su máximo invento, un coche reciclador con ruedas de patín, o lo que quedó de ellos, fue a parar directo a la puerta de la quinta con el número 1130 de jirón Ancash.
Adentro, en el número veinticinco, su dueño relataba la historia, en retrospectiva, de cómo escapó de morir un recolector callejero que fue antes relojero, y aun antes, antes de dejar el oficio de marino mercante, para no perder la única herencia que recibiría en la vida, fue huésped de Palacio de Gobierno.
Memorias
Los ojos le brillan cuando relata de Enriqueta Garland, la mujer de Prado. Asegura que, de niño, allá por los treinta, ella lo cargaba y lo apretaba fuerte contra su pecho. Pues era hijo de la cocinera negra más aclamada de la época, y por supuesto, su lugar estaba en Palacio. Su madre inventaba en la cocina infinidad de platillos presidenciales mientras él, que solo soñaba con ser presidente, corría por los pasajes secretos de esa gran fortaleza gubernamental.
Un suspiro lo regresa a la quinta de jirón Chancay. Su sopa estaba casi lista cuando se quedó profundamente dormido. Algo salió mal. Unas chispas saltarinas salieron de aquella fogata que prendía diariamente y fueron a parar a las toneladas de plástico que almacenaba del reciclaje. Todo esto en su palacio de tres por tres. Al cabo de un rato y de mucho humo, un bombero cargaba a Pasquel fuera de la vivienda, justo antes de que el techo de bambú y calamina se viniera abajo.
Pérdida
Cuenta los meses viendo pasar las estrellas ya que extravió un papel firmado que le dieron unos apurados señores de Defensa Civil para que reclame catre, cocina y techo nuevo. Lo perdió o se lo perdieron. Porque asegura que también hay vecinos malos, al fondo a la izquierda, que no lo quieren entre sus dominios.
Cada que sale a reciclar por las calles de Lima, hace un alto frente a su antigua mansión, ríe nostálgicamente para sus adentros e impulsa nuevamente la última versión de su invento, con más ruedas en línea y mejor aceitadas. Un cochecito cargado equivale al menú de la semana.
Así, luego de 78 años, Lino Pasquel lo ha perdido todo. Todo menos la ilusión de un día recorrer, aunque sea una vez más, el Salón Dorado y El Gran Comedor de la casa de Pizarro, donde jugó a las escondidas con los hijos de un presidente y aprendió que a las hadas madrinas, se les llama Primera Dama.

.jpg)
Publicado por Franz Krajnik
18 de febrero de 2009
La plaza incompleta

Un pequeñísimo ensayo. Tan solo un punto de vista sobre aquella realidad llamada plaza de armas. Un paseo por el corazón de una ciudad y sus habitantes. Un incompleto recorrido por la pregunta del millón. Qué es Lima.


Publicado por Franz Krajnik
5 de febrero de 2009
11 de enero de 2009
Adios compañera
Una especie de nostalgia compulsiva. Un recuerdo de esos de antaño. Un homenaje a un fagmento de inocencia del que todos somos presa, alguna vez en la vida. Hace ya tanto. Quién sabe. Quién sabe a dondé se va el tiempo.Cuando niño era tan suertudo como el gato de Alf. Todos los años mi madre, en el día de las madres, llegaba al colegio preparada para recibir, de sorteo, la canasta familiar. A los once años me obligaron a pagar tres boletos de una rifa en la cual, días después, llamaron a mi casa avisando que me había sacado el premio mayor. Una preciosa bicicleta Mister para carreras nuevecita.
Espere un año para poder usarla porque ni siquiera alcanzaba los pedales. Las caídas y moretones se hicieron habituales. Coleccionaba raspones y cada esquina era una hazaña espeluznantemente mortal.
Las colinas de La Macarena se convirtieron en el pasatiempo favorito de mi adolescencia y pronto empecé a saltar y rampear. Cuando me cansaba solo tenía que sujetarme del estibo de algún micro, echar la frente hacia atrás y rogar para q no frene en seco.
Una ocasión, regresando de sacar copias de un libro, éste se incrustó en los rayos y salí volando cual película de acción. No encontré mejor freno que mi rostro. Me pasé dos meses de verano sin ver la calle para que mis amigos no me vean mi piel cuadriculada.
Es ahora, dieciséis años más tarde, que rindo póstumo homenaje a esa compañera fiel. Y si me preguntan, ya no quiero una bicicleta de carreras que se jure BMX. Solo quiero una bicicleta de paseo. Como la de Kevin Arnold. Con el asiento de banana más grande del mundo.
Espere un año para poder usarla porque ni siquiera alcanzaba los pedales. Las caídas y moretones se hicieron habituales. Coleccionaba raspones y cada esquina era una hazaña espeluznantemente mortal.
Las colinas de La Macarena se convirtieron en el pasatiempo favorito de mi adolescencia y pronto empecé a saltar y rampear. Cuando me cansaba solo tenía que sujetarme del estibo de algún micro, echar la frente hacia atrás y rogar para q no frene en seco.
Una ocasión, regresando de sacar copias de un libro, éste se incrustó en los rayos y salí volando cual película de acción. No encontré mejor freno que mi rostro. Me pasé dos meses de verano sin ver la calle para que mis amigos no me vean mi piel cuadriculada.
Es ahora, dieciséis años más tarde, que rindo póstumo homenaje a esa compañera fiel. Y si me preguntan, ya no quiero una bicicleta de carreras que se jure BMX. Solo quiero una bicicleta de paseo. Como la de Kevin Arnold. Con el asiento de banana más grande del mundo.
Adios compañera.
Publicado por Franz Krajnik
24 de noviembre de 2008
Paisajes inmundos
La avenida Canta Callao es una de las arterias moribundas de una ciudad que recibe a reyes y presidentes de todas partes del mundo. Lima, la del APEC, también tiene partes que no son necesariamente 'turisticas'.





Publicado por Franz Krajnik
6 de mayo de 2008
10 de abril de 2008
6 de abril de 2008
Juan Diego Florez y Julia Trappe
Etiquetas:
juan diego florez,
julia trappe,
lima,
matrimonio,
peru
.
Publicado por Franz Krajnik
17 de marzo de 2008
El otro lado
Llevaba mucha prisa. Se había dado cuenta que estaba en una urbe de miedo y vanidad. En su mochila cargaba veintises octubres y en la mirada mil quinientas razones para cruzar. Quizá nunca imaginó lo que encontraría del otro lado.
Publicado por Franz Krajnik
16 de marzo de 2008
The room
Caminaba entre los escombros de la manera más lógicamente posible. Sus piernas enclenques cojeaban lentamente y sus manos seducían con danzas hindúes a su rostro. De cuando en vez, sus ojos desorbitados encontraban aquella luz de cadmio incandescente, pero cuando volteaba la mirada ya todo estaba viejo y corroído.
Su cuerpo no daba más. Cansado y abandonado abrazó un par de serpientes que encontró entres las ruinas de lo que alguna vez fue su hogar. Pero éstas lo envenenaron con la pócima de la muerte.
En su lecho, una ráfaga de luz entró bruscamente y lo despertó a media noche. Sin pronunciar palabra, lo desvistió. Él, que no sabía de perdones ni de amores, lloró. Lloró como llora la noche más larga de la vida, y en silencio la besó.
Una inmensidad de colores colmó su habitación de pared a pared. Los amarillos morados se hicieron tan incandescentes que una lluvia rojiza embriagó el lugar. Ella, que bien sabía de amores y de perdones, le secó las lágrimas que había tenido guardadas desde el comienzo de los tiempos, y le devolvió con creces el beso más grande del mundo. Inmediatamente se curó de aquel increíble insomnio moribundo de ver sus paredes color gris.
Su cuerpo no daba más. Cansado y abandonado abrazó un par de serpientes que encontró entres las ruinas de lo que alguna vez fue su hogar. Pero éstas lo envenenaron con la pócima de la muerte.
En su lecho, una ráfaga de luz entró bruscamente y lo despertó a media noche. Sin pronunciar palabra, lo desvistió. Él, que no sabía de perdones ni de amores, lloró. Lloró como llora la noche más larga de la vida, y en silencio la besó.
Una inmensidad de colores colmó su habitación de pared a pared. Los amarillos morados se hicieron tan incandescentes que una lluvia rojiza embriagó el lugar. Ella, que bien sabía de amores y de perdones, le secó las lágrimas que había tenido guardadas desde el comienzo de los tiempos, y le devolvió con creces el beso más grande del mundo. Inmediatamente se curó de aquel increíble insomnio moribundo de ver sus paredes color gris.


Publicado por Franz Krajnik
Suscribirse a:
Entradas (Atom)






























