El hijo de la cocinera presidencial
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Sirenas. Hombres de rojo y una veterana quinta. En su interior un viejo que lo perdía todo. El día ocho del último setiembre, Lino Pasquel Pérez se salvó de milagro en el incendio que devoró su pequeña casa en el distrito no reconocido de Barrios Altos.
A más de medio año del siniestro aun se puede sentir el olor del hollín en las paredes color tragedia de la vivienda de Pasquel. Todo tiene ese mismo matiz. Incluso él, que sabe bien el arte de ser moreno de profesión.
Las maderas consumidas de un catre, que venía con casa y todo como herencia de un tío marino, aun humeantes, decoraban lo que alguna vez fue dormitorio, sala, cocina, comedor y baño a la vez. A los tres días del siniestro, sus ásperas manos impulsaban una pala que iba y venía cargada con recuerdos amarillo cenizo. El hijo de la vecina buena, la de la derecha, ayudaba en la labor desapareciendo la pesada carretilla y apareciéndola de nuevo, vacía.
Sus manuales de relojero suizo, en suizo, sus guías telefónicas de cuatro números y su máximo invento, un coche reciclador con ruedas de patín, o lo que quedó de ellos, fue a parar directo a la puerta de la quinta con el número 1130 de jirón Ancash.
Adentro, en el número veinticinco, su dueño relataba la historia, en retrospectiva, de cómo escapó de morir un recolector callejero que fue antes relojero, y aun antes, antes de dejar el oficio de marino mercante, para no perder la única herencia que recibiría en la vida, fue huésped de Palacio de Gobierno.
Memorias
Los ojos le brillan cuando relata de Enriqueta Garland, la mujer de Prado. Asegura que, de niño, allá por los treinta, ella lo cargaba y lo apretaba fuerte contra su pecho. Pues era hijo de la cocinera negra más aclamada de la época, y por supuesto, su lugar estaba en Palacio. Su madre inventaba en la cocina infinidad de platillos presidenciales mientras él, que solo soñaba con ser presidente, corría por los pasajes secretos de esa gran fortaleza gubernamental.
Un suspiro lo regresa a la quinta de jirón Chancay. Su sopa estaba casi lista cuando se quedó profundamente dormido. Algo salió mal. Unas chispas saltarinas salieron de aquella fogata que prendía diariamente y fueron a parar a las toneladas de plástico que almacenaba del reciclaje. Todo esto en su palacio de tres por tres. Al cabo de un rato y de mucho humo, un bombero cargaba a Pasquel fuera de la vivienda, justo antes de que el techo de bambú y calamina se viniera abajo.
Pérdida
Cuenta los meses viendo pasar las estrellas ya que extravió un papel firmado que le dieron unos apurados señores de Defensa Civil para que reclame catre, cocina y techo nuevo. Lo perdió o se lo perdieron. Porque asegura que también hay vecinos malos, al fondo a la izquierda, que no lo quieren entre sus dominios.
Cada que sale a reciclar por las calles de Lima, hace un alto frente a su antigua mansión, ríe nostálgicamente para sus adentros e impulsa nuevamente la última versión de su invento, con más ruedas en línea y mejor aceitadas. Un cochecito cargado equivale al menú de la semana.
Así, luego de 78 años, Lino Pasquel lo ha perdido todo. Todo menos la ilusión de un día recorrer, aunque sea una vez más, el Salón Dorado y El Gran Comedor de la casa de Pizarro, donde jugó a las escondidas con los hijos de un presidente y aprendió que a las hadas madrinas, se les llama Primera Dama.

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